Dagoberto Valdés: la naturaleza como sanación

En la tercera y última parte de la entrevista, Dagoberto Valdés abrió su corazón para compartir la huella profunda que la naturaleza de Pinar del Río ha dejado en su vida. Recordó con emoción los paisajes de su infancia y juventud, desde la playa de Las Cañas —ya desaparecida por “la desidia y la falta de cuidado de la naturaleza”— hasta los mogotes de Viñales, el río San Juan en Soroa, las terrazas y las playas paradisíacas del Cabo de San Antonio.

El mar me da equilibrio, paz, vitalidad y sosiego”, confesó, al tiempo que evocaba las montañas y riachuelos que le transmitieron fortaleza espiritual. Para él, la naturaleza es también medicina: “El agua entre las piedras, el canto de las aves, el viento contra las palmas… eso es vida”.

En sus recuerdos también evocó sus caminatas juveniles por Viñales junto a su grupo de iglesia, cuando llegaron incluso a subir mogotes y colocar una cruz en el Jubileo de 1975. Más tarde, en 1986, alcanzó el Pico Real del Turquino, una experiencia que completó su relación vital con las montañas cubanas. Estos episodios no solo hablan de aventura, sino de un contacto profundo con la naturaleza como fuente de fe y sentido.

Valdés insistió en el contraste entre los espacios turísticos “demasiado intervenidos por la mano humana” y los rincones auténticos que descubrió en la cotidianidad: “He tenido que bajarme de la carreta, sentarme debajo de un árbol y contemplar aquello… casas de campesino que parecen insertadas en un gran óleo construido por el buen gusto de Dios”.

Un momento especialmente íntimo fue su relato sobre los diez años de castigo tras la clausura de la revista Vitral, tiempo en que trabajó recogiendo yaguas de palma real. Lo que pretendía ser una condena se transformó en un proceso de sanación personal: “Fue para mí también los 10 mejores años de equilibrio, de relación amorosa con la naturaleza”. Incluso comparó el ciclo de la palma con un proceso vital femenino: “Es como la menstruación de la naturaleza. Esto es maravilloso”.

Esos años de labor, contemplación y contacto con la tierra marcaron su fe y su espiritualidad: “Cada día era consolado, sanado, equilibrado por nuestra madre y hermana naturaleza”. Desde esa vivencia, afirmó que el movimiento ambientalista debe entenderse como parte de una “cultura de la vida, nada que mate ni al ser humano, ni a la fauna, ni a la flora, ni al ambiente en el hábitat”.

La entrevista concluyó con un gesto de gratitud y simbolismo: la entrega de una fotografía de un ibis, ave que representa para Valdés y los anfitriones la conexión entre la belleza natural y la esperanza en una Cuba renovada. Con calidez, agradeció al equipo y a los seguidores de Guardabosques, animándolos a conservar en la memoria lo aprendido en esta conversación.

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