Cartografiar la isla: ciencia, precisión y silencios en la línea de costa cubana

Cuba acaba de publicar un nuevo modelo vectorial de su línea de costa en la revista Espacios Naturales Protegidos, resultado del proyecto internacional ECOATLAS liderado por el CEAC junto a instituciones cubanas y el ENEA de Italia. Con imágenes Sentinel-2 y técnicas avanzadas de teledetección, el estudio alcanza una exactitud del 94% y redefine, a escala 1:25 000, cómo entendemos la geografía costera del país. Pero más allá del avance técnico, este trabajo también abre preguntas incómodas sobre los datos oficiales y la gestión ambiental en Cuba.

El artículo “Línea de costa del archipiélago cubano: modelo vectorial para la cartografía temática ambiental” propone un avance técnico relevante: la construcción de un modelo vectorial actualizado del litoral cubano a partir de imágenes satelitales de alta resolución (Sentinel-2) y herramientas de geoprocesamiento. Con una exactitud global reportada del 94% y una resolución de 1:25 000, el trabajo se posiciona como una herramienta potencialmente valiosa para la gestión ambiental, la planificación territorial y el estudio de la vulnerabilidad costera.

Sin embargo, más allá de sus méritos metodológicos, este artículo también revela —quizá sin proponérselo— algunas de las tensiones estructurales de la ciencia ambiental en Cuba: limitaciones institucionales, opacidad en los datos oficiales y una notable ausencia de problematización política del territorio.

Un avance técnico necesario… pero tardío

El trabajo parte de un diagnóstico claro: Cuba no cuenta con un repositorio oficial accesible y actualizado de su línea de costa, lo que ha generado el uso de múltiples versiones inconsistentes en estudios ambientales . Esta afirmación, que podría parecer meramente técnica, es en realidad profundamente política.

En un país altamente vulnerable al cambio climático —especialmente al aumento del nivel del mar, la erosión costera y los eventos extremos—, la falta de una cartografía costera estandarizada no es solo una carencia científica, sino un síntoma de debilidad institucional. La ciencia aquí no falla por falta de capacidad técnica, sino por falta de infraestructura de gobernanza del conocimiento.

El modelo presentado intenta llenar ese vacío mediante el uso de Google Earth Engine, índices espectrales como el NDWI y validación en campo con 358 puntos . Desde el punto de vista metodológico, el enfoque es sólido y alineado con estándares internacionales.

Pero la pregunta inevitable es: ¿por qué este tipo de producto —relativamente accesible con tecnologías actuales— no existía ya como estándar nacional?

La grieta más reveladora: 8517 km vs 5746 km

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es la diferencia entre la longitud de costa estimada (8517,67 km) y la cifra oficial utilizada durante años por la Oficina Nacional de Estadísticas (5746 km) .

No estamos hablando de un pequeño ajuste metodológico. Es una diferencia de casi 3000 kilómetros.

Los autores explican parcialmente esta discrepancia apelando a la naturaleza fractal de la costa y a la mayor resolución de los datos actuales. Esto es cierto: a mayor detalle, mayor longitud medida. Pero esa explicación técnica no agota el problema.

Aquí emerge una cuestión más profunda: ¿por qué el dato oficial permaneció invariable durante más de una década, pese a los avances tecnológicos disponibles?

En contextos científicos abiertos, una discrepancia de esta magnitud generaría debate, revisión institucional y actualización inmediata de estadísticas oficiales. En el caso cubano, el artículo señala el problema, pero evita confrontarlo.

Y ese silencio también es información.

Ciencia aplicada… sin conflicto

El paper menciona múltiples aplicaciones del modelo: manejo costero, delimitación de áreas protegidas, evaluación de daños por huracanes, identificación de sumideros de carbono azul. Sin embargo, hay una ausencia notable: no se discuten los conflictos reales que atraviesan esas aplicaciones.

No hay referencia a:

  • urbanización costera descontrolada
  • turismo intensivo en cayos
  • infraestructura hotelera en zonas vulnerables
  • pérdida de manglares por desarrollo económico

Estos fenómenos no son marginales en Cuba. Son centrales.

La ciencia presentada es técnicamente competente, pero políticamente desinfectada. Se limita a ofrecer herramientas sin cuestionar el modelo de uso del territorio al que esas herramientas servirán.

Dependencia tecnológica y soberanía científica

Otro elemento interesante es la dependencia explícita de plataformas externas como Google Earth Engine y datos de la Agencia Espacial Europea.

Esto plantea una paradoja: mientras el discurso político cubano enfatiza la soberanía, la crítica a la globalización y la denuncia de las economías capitalistas, la práctica científica depende justamente de infraestructuras tecnológicas globales emanadas del mismo sistema que denostan.

Ni siquiera hay crítica a esta dependencia, ni reflexión sobre sus implicaciones:

  • ¿qué ocurre si se restringe el acceso a estas plataformas?
  • ¿existe capacidad nacional equivalente?
  • ¿qué significa hacer ciencia “soberana” con herramientas externas?

De nuevo, el silencio es revelador.

La ciencia cubana: entre capacidad y restricción

Sería injusto reducir este trabajo a sus omisiones. El nivel técnico es alto, la colaboración institucional es amplia y el resultado es útil. Hay evidencia de rigor, esfuerzo colectivo y conocimiento acumulado. Pero también hay límites evidentes.

El artículo no cuestiona en profundidad:

  • la obsolescencia de datos oficiales
  • la falta de acceso abierto institucional
  • la relación entre política pública y degradación ambiental

Y esto no necesariamente responde a una falta de conciencia de los autores, sino a un contexto donde la crítica abierta puede tener consecuencias. En ese sentido, el paper debe leerse no solo por lo que dice, sino por lo que no puede decir.

Conclusión: una cartografía más precisa… de la ciencia misma

Indiscutiblemente, este trabajo mejora la representación de la línea de costa cubana. Pero también, indirectamente, cartografía algo más: los límites del ejercicio científico en un sistema donde el acceso a la información, la actualización institucional y la libertad académica no siempre están garantizados.

La nueva cifra de 8517 km no solo redefine el litoral de Cuba. También evidencia la distancia entre la realidad medible y la realidad oficial. Y esa, quizá, es la línea de costa más difícil de cartografiar.

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