Cierra el Jardín Botánico Nacional de Cuba: crisis energética o fallas sistémicas?

CANAL GUARDABOSQUES | La Habana, Cuba.

El Jardín Botánico Nacional de Cuba hoy el cierre temporal de sus puertas, alegando la imposibilidad de sostener sus operaciones debido a la falta de combustible, atribuida al “cerco energético” que enfrenta el país. Según el comunicado oficial, publicado en la página oficial de Facebook, las actividades esenciales como el mantenimiento de colecciones, el traslado de personal y la gestión de residuos se encuentran paralizadas desde febrero.

El argumento no es nuevo. La narrativa del bloqueo ha sido, durante décadas, el recurso inmediato para explicar las carencias estructurales del país. Sin embargo, en el caso de una de las instituciones científicas más importantes de Cuba, esta explicación resulta, cuando menos, incompleta.

Quien haya pasado por el Jardín Botánico Nacional —como es mi caso, donde hice prácticas de campo y realicé mi tesis de diploma— sabe que el problema no comienza con la escasez de diésel, sino mucho antes: en la forma en que se gestiona la ciencia, en la rigidez burocrática y en la dependencia absoluta de decisiones centralizadas.

El hecho de que una institución científica dependa casi exclusivamente de combustible fósil para su funcionamiento básico revela una ausencia preocupante de innovación y adaptación. En un contexto global donde la resiliencia ecológica y energética es clave, resulta difícil justificar que no se hayan implementado alternativas como sistemas de energía renovable, rediseños de manejo ecológico o esquemas de trabajo menos dependientes del transporte motorizado.

A esto se suma la falta de autonomía institucional. El Jardín, como muchas entidades científicas en Cuba, apenas cuenta con mecanismos reales para generar recursos propios, establecer alianzas independientes o reaccionar con flexibilidad ante crisis. Casi todo depende de asignaciones que, cuando fallan, paralizan el sistema completo.

Pero también hay una responsabilidad más incómoda: la de la propia comunidad científica. Durante años, el ejercicio de la ciencia en Cuba ha estado condicionado por una cultura de silencio, alineación política y escasa capacidad de cuestionamiento institucional. No se trata solo de limitaciones externas, sino de una práctica donde muchas veces se prioriza la obediencia sobre la crítica, la estabilidad sobre la transformación.

Lamentablemente, el resultado es un sistema científicamente capacitado, pero estructuralmente inmóvil.

El cierre del Jardín Botánico Nacional no es solo una consecuencia de la falta de combustible en abril de 2026. Es el síntoma de un modelo de gestión agotado, donde la conservación ambiental —paradójicamente— queda relegada en las prioridades reales del país.

Reducir esta situación a factores externos no solo simplifica el problema: también posterga las soluciones.

Hace mucho que la ciencia cubana necesita algo más que recursos. Necesita autonomía, pensamiento crítico y la valentía de replantearse a sí misma.

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