Hace unas semanas tuve el inmenso honor de entrevistar en mi casa, para Canal Guardabosques, a Dagoberto Valdés. Muchos lo conocen por su trayectoria como pensador cristiano y promotor de una ciudadanía activa e independiente en Cuba.
Fundador de la revista Vitral y del proyecto Convivencia, Dago ha sido durante décadas un faro para quienes soñamos con una Cuba más justa y democrática.
En nuestra conversación hablamos de muchas cosas, pero quiero detenerme aquí en un tema que me atraviesa como biólogo, como cubano y como ser humano: el medioambiente. ¿Por qué ha tardado tanto en ser una prioridad en la agenda cívica cubana? ¿Por qué seguimos viendo la defensa de la naturaleza como algo «decorativo», «secundario» o, peor aún, como un lujo ideológico?
Dago mismo lo reconoció con humildad: fue recién en el décimo aniversario del think tank de Convivencia que el tema ambiental obtuvo los votos suficientes para ocupar un lugar en su agenda. Y no fue por falta de interés de los organizadores, sino porque los participantes no lo habían considerado antes como una prioridad.
Pero ¿por qué no? ¿Acaso no vivimos en un país donde los suelos están degradados, los ríos contaminados, los bosques fragmentados y las especies cada vez más amenazadas?
¿Acaso no sufrimos cotidianamente los efectos de la escasez de agua potable, la pérdida de cobertura vegetal, la contaminación de alimentos, el aumento de enfermedades respiratorias, las olas de calor, las plagas que se multiplican en entornos desequilibrados?
La respuesta, sospecho, está en la estructura misma de nuestro sistema político. Sin democracia, el medioambiente es invisible. No porque no esté ahí, sino porque no hay canales institucionales ni ciudadanos para defenderlo.
Sin libertad de expresión, ¿cómo se denuncian los desastres ecológicos? Sin libertad de prensa, ¿cómo se exponen las responsabilidades? Sin una justicia independiente, ¿quién exige reparación o castigo? Sin participación comunitaria, ¿cómo se generan soluciones sostenibles?
Si en los países democráticos la defensa del medio ambiente es difícil, imaginen en los totalitarios.
Los gobiernos autoritarios suelen tener un patrón: subordinan la naturaleza a los intereses del poder. La Unión Soviética desecó el mar de Aral al desviar los ríos para favorecer monocultivos de algodón, y el resultado fue uno de los peores desastres ecológicos del siglo XX.
En China, durante la Revolución Cultural, se destruyeron miles de hectáreas de bosques en campañas de movilización irracional. En la Venezuela de hoy, el Arco Minero del Orinoco —una megazona de explotación sin controles— devora la Amazonía y envenena pueblos indígenas enteros.
Y podríamos seguir con decenas de ejemplos donde el autoritarismo se convierte en enemigo declarado de la vida.
Cuba no está ajena a ese destino. La falta de transparencia, de control ciudadano, de instituciones confiables, hace que las decisiones que afectan al medioambiente se tomen a espaldas del pueblo, sin evaluación de impacto ni consulta pública.
¿Cuántas industrias vierten sin control en nuestras aguas? ¿Cuántas especies endémicas hemos perdido sin siquiera saberlo? ¿Cuántas zonas protegidas existen solo en el papel?
Pero hay esperanza. Porque así como el autoritarismo contamina el entorno natural, la democracia es una aliada del equilibrio ecológico. En los países donde los ciudadanos pueden participar, protestar, votar y decidir, los temas ambientales tienen más oportunidades de convertirse en políticas públicas.
No es casualidad que las mayores reservas de biodiversidad del mundo hoy en día estén siendo protegidas, al menos en parte, gracias a la presión de movimientos ciudadanos, pueblos originarios, periodistas y científicos independientes.
En Cuba necesitamos con urgencia vincular la lucha por los derechos humanos con la defensa del medioambiente. No podemos pensar en una república moderna si no es también verde. Y no podemos soñar con una ecología real, si no va de la mano de la libertad.
Por eso fue tan emocionante para mí participar en el último encuentro del Centro de Estudios Convivencia, donde por fin se discutió de manera profunda el equilibrio entre desarrollo e integridad ambiental. Y por eso acepté con entusiasmo la propuesta de Dago de abrir una nueva sección sobre Ecología en la revista Convivencia.
Porque el pensamiento cubano tiene que ensanchar sus horizontes, y eso implica incluir la vida no humana, los suelos, los árboles, los mares, los pájaros, los manglares y las generaciones futuras.
Construir infraestructuras sin conciencia ecológica es sembrar ruinas. Y construir democracia sin cuidar el medioambiente es dejarla sin aire.
A los lectores de este blog, les pido que visitemos los archivos de Propuestas de Convivencia, donde hay una década de debates, soluciones y visiones de país. Pero sobre todo les pido que no dejemos el tema ecológico para “cuando Cuba sea libre”. Porque sin ecología, esa libertad se nos va a ir, literalmente, en humo.
📚LIBROS DE DAGOBERTO VALDÉS:
📖Cuba busca una salida: Informes de Estudios del Itinerario de Pensamiento y Propuestas para Cuba. Dagoberto Valdés (ed.) Centro de Estudios Convivencia.
⬇️Link de descarga: https://amzn.to/3TYJku6
📖Un umbral para la ciudadanía y la sociedad civil en Cuba: Compilacion de Editoriales publicados por la revista Convivencia 2008-2016. Dagoberto Valdés Hernández
⬇️Link de descarga: https://amzn.to/4038IT9
📖Etica y Civica: Aprendiendo a ser persona y a vivir en sociedad. Cursos de formación para la ciudadanía y la sociedad civil en Cuba. (Ediciones Convivencia, 2014)
⬇️Link de descarga: https://amzn.to/405gxHR
