Cuando inicié esta entrevista con Dagoberto Valdés, sabía que no sería una conversación cualquiera. No todos los días se tiene la oportunidad de conversar con alguien que ha dedicado décadas a estudiar no solo la sociedad cubana, sino también las heridas profundas que deja un sistema autoritario en la persona humana.
En esta segunda parte del diálogo, entramos de lleno en uno de los conceptos más singulares y potentes de su pensamiento: el daño antropológico. Una idea que muchos en Cuba han escuchado, pero que pocos comprenden en toda su profundidad. Y no es para menos.
Dagoberto lleva años desarrollando este concepto que, como él explica, surgió de una intuición colectiva, de la experiencia vivida por millones de cubanos, y que fue madurando hasta convertirse en una investigación formal con base académica.
¿Qué es el daño antropológico?
Dagoberto lo define como una lesión profunda en las facultades cognitivas, emocionales y volitivas de la persona, causada por un sistema totalitario. Esta afectación no es solo individual, sino también social y espiritual. Nos impide pensar con claridad, sentir con libertad, actuar con autonomía. Afecta nuestro comportamiento, nuestras relaciones, incluso nuestra voluntad.
Lo más alarmante es que esta herida no desaparece al salir del país. La llevamos con nosotros, y se manifiesta en nuevas formas. Desde la violencia cotidiana hasta la desconexión con el entorno natural, el daño antropológico condiciona muchas de nuestras decisiones, emociones y relaciones.
Naturaleza y persona: un vínculo herido
En mi canal, donde el enfoque es ambiental, me interesaba especialmente saber cómo se conecta este daño con la manera en que los cubanos nos relacionamos con la naturaleza. La respuesta de Dagoberto fue tan clara como conmovedora: cuando se deforma la interioridad de la persona, también se distorsiona su vínculo con el entorno natural.
Desde su experiencia, ha observado cómo las personas dañadas interiormente pueden descargar su violencia contenida en la naturaleza. Ramas rotas, hojas arrancadas sin sentido, ruido constante, contaminación… todo forma parte de una cultura del desarraigo y el desequilibrio.
Y lo más doloroso es que este comportamiento muchas veces no responde a maldad, sino a un dolor acumulado, a una falta de paz interior que se proyecta hacia afuera.
¿Puede la naturaleza ayudarnos a sanar?
Dagoberto cree que sí. Que la naturaleza puede ser un espacio de sosiego, de equilibrio y de reencuentro con nuestra humanidad. Al igual que necesitamos un entorno social justo para desarrollarnos como ciudadanos libres, también requerimos un ambiente natural sano para recuperar nuestra dignidad como personas.
Caminar entre árboles, escuchar los sonidos de la vida silvestre, respirar aire puro… no son lujos. Son formas de reconstrucción espiritual y emocional. En palabras de Dagoberto, la sanación del daño antropológico necesita de la naturaleza tanto como del pensamiento, la ética o la acción política.
Explotación del ser humano y de la naturaleza: un mismo patrón
Otro momento clave de la conversación fue cuando hablamos sobre cómo el modelo autoritario que explota al ser humano termina también explotando la naturaleza. En Cuba, la tala indiscriminada, los proyectos absurdos y destructivos, la contaminación sin control… son síntomas de un sistema que no respeta ni a las personas ni a su entorno.
Citando ejemplos como el Cordón de La Habana o los desastres en la Ciénaga de Zapata, reflexionamos sobre cómo la violencia estructural que se ejerce sobre la sociedad se refleja también en el paisaje, en la flora, en la fauna.
Y no se trata de oponerse al desarrollo. Se trata de lograr un equilibrio entre aprovechar los recursos y permitir que la naturaleza se regenere. Se trata de actuar con conciencia, con respeto, con humanidad.
Una Cuba que necesita sanar
El mensaje que me dejó esta conversación es claro: no basta con cambiar las estructuras externas de un país si no abordamos las heridas internas de su gente. La reconstrucción de Cuba debe pasar por el alma, por la ética, por la cultura y, sí, también por la ecología.
Dagoberto nos invita a mirar a José Martí no solo como héroe político, sino como pensador humanista. En su tesis doctoral, desarrolló cómo el pensamiento martiano puede ofrecer una vía para sanar el daño antropológico, con pilares como la centralidad de la persona, el bien común, la eficacia y la espiritualidad.
Para mí, esta conversación fue una confirmación de que hablar de medioambiente no es solo hablar de árboles, ríos o animales. Es hablar de nosotros mismos. De lo que somos. De lo que hemos perdido. Y de lo que aún podemos recuperar.
Por cierto, si no viste la primera parte de esta entrevista, aquí se las dejo:
Dagoberto Valdés ha sido una de las voces más lúcidas y persistentes del pensamiento cívico cubano, fundador de proyectos como la revista Vitral y el Centro de Pensamiento Convivencia.

Muchas gracias a Isbel, a Jimmy y a Guardabosque, por esta conversación anclada en la profundidad de la persona humana, primer hábitat que hay que cuidar, equilibrar, cultivar, para que el cuidado a la naturaleza tenga alma. Gracias.