El mayor embalse de Cuba, la presa Zaza, atraviesa una de las peores situaciones de su historia. Con apenas un 12 % de su capacidad de llenado —unos 106 millones de metros cúbicos de agua—, este reservorio espirituano se encuentra al borde del colapso.
Se trata del segundo volumen más bajo registrado en sus casi cinco décadas de existencia, solo comparable con la crisis de 1976.
Aunque las estadísticas oficiales atribuyen el problema a la intensa sequía que afecta a Sancti Spíritus, reducirlo a un fenómeno meteorológico sería simplificar en exceso. El panorama actual debe analizarse también a la luz de las políticas históricas de manejo del agua en Cuba, marcadas por la llamada “voluntad hidráulica” de Fidel Castro.
Desde 1962, el líder cubano promovió una campaña febril de construcción de presas y diques bajo la idea de que ninguna gota de agua dulce debía perderse en el mar.
En 1963 llegó a declarar: “El mar no podrá contar con una sola gota de agua dulce que caiga aquí en la tierra del país”. Y en 1964 insistía en represar hasta el último arroyo. Esta visión desarrollista, que pretendía dominar la naturaleza a toda costa, ignoró las funciones ecológicas esenciales de los ríos y generó consecuencias ambientales que hoy resultan inocultables.
Este represamiento masivo alteró gravemente los ecosistemas fluviales, aumentó la salinización de acuíferos costeros y provocó erosión y pérdida de biodiversidad. El caso del río Cauto es paradigmático: lo que se buscaba como “desarrollo” terminó en suelos erosionados, riberas deforestadas y aguas salinizadas hasta decenas de kilómetros antes de la desembocadura.
El presente de la Zaza refleja la suma de factores climáticos y de errores acumulados de planificación. Las lluvias, ciertamente, han estado por debajo del promedio histórico, pero la crisis hídrica en Cuba no puede entenderse sin considerar la fragilidad de un sistema basado en la sobreexplotación de represas y en la falta de un enfoque ecosistémico.
Mientras tanto, el actual “Plan del Estado para el enfrentamiento al Cambio Climático” —la llamada Tarea Vida— busca retomar la misma lógica de control voluntarista sobre los recursos naturales. La consigna de “no dejar que el agua vaya al mar” vuelve a repetirse, a pesar de que la evidencia científica demuestra la necesidad de mantener un caudal ecológico que preserve los servicios ambientales de los ríos.
La sequía que “mata de sed” a la Zaza es también la sed de un país atrapado entre el cambio climático global y un pésimo modelo de gestión del agua heredado del siglo XX.
Reconocer el peso de aquella herencia, revisar críticamente el legado del dictador Fidel Castro en materia hidráulica y apostar por políticas de adaptación basadas en la ciencia —no en la imposición de voluntades— es el único camino para evitar que la historia de la Zaza se repita en cada embalse del país.
Foto de Vicente Brito

Deja un comentario