Hace más de un año, el 14 de febrero de 2024, Jimmy y yo descubrimos por el Deering Estate, y desde entonces no hemos dejado de querer volver.
Frente a la Bahía de Biscayne se extiende una propiedad histórica y natural de gran valor: hoy ocupa alrededor de 444 acres (aprox.180 hectáreas) y está listada en el Registro Nacional de Lugares Históricos desde 1986.
Aquí vivió y trabajó Charles Deering (1852–1927), heredero de una familia vinculada a la industria del equipo agrícola que, tras la fusión con McCormick, dio lugar a la International Harvester Company; Deering fue también un notable coleccionista y filántropo cuyo gusto por el arte europeo ayudó a moldear el carácter cultural del sitio.
En la casona principal aún se conservan elementos y piezas que remiten a esa colección y a la sensibilidad artística de la familia.
El Deering Estate no es solo historia y arquitectura: sus jardines y terrenos protegen un mosaico de hábitats que hoy son raros en el sur de Florida.
Aquí conviven manglares (línea costera que funciona como barrera y criadero para peces y crustáceos), hammocks tropicales o bosques de madera dura (donde prosperan especies arbóreas subtropicales), praderas marinas y marismas costeras (fundamentales como alimento y refugio para peces y manatíes) y los escasos pine rocklands, un ecosistema de pino del sur de la Florida que se considera globalmente amenazado y que en Deering constituye uno de los fragmentos costeros más importantes que queda en Biscayne Bay.
Este conjunto convierte al lugar en un verdadero laboratorio vivo para la educación y la conservación.
Durante nuestro recorrido vimos pelícanos pardos (Pelecanus occidentalis) flotando y zambulléndose; pero sabemos que tambien son comunes allí varias garzas que son habituales en los humedales: la garza real (Ardea alba), el great blue heron o garza azul (Ardea herodias), la garceta nívea (Egretta thula), la garceta chica o little blue heron (Egretta caerulea) y, con algo de suerte, la escurridiza garceta rojiza (Egretta rufescens).
Aunando lo terrestre y lo marino, las praderas marinas alimentan a los manatíes —el manatí antillano (Trichechus manatus manatus)—, y Deering Estate figura entre los lugares de Miami donde estos grandes herbívoros se dejan ver con frecuencia, sobre todo en estaciones frías cuando buscan aguas más cálidas y calmadas.
A nivel estatal y federal, las cifras recientes del monitoreo indican que las estimaciones poblacionales en Florida han aumentado respecto a décadas pasadas; sin embargo, los manatíes siguen siendo vulnerables por pérdida de hábitat, colisiones con embarcaciones y cambios en la disponibilidad de praderas marinas.
Además del valor natural, el sitio conserva testimonios materiales del interés de Deering por el arte: vitrales centenarios, objetos y un legado de coleccionismo que conectó piezas europeas con la vida cotidiana en la finca.
Al mismo tiempo, hoy los jardines y los espacios al aire libre acogen proyectos contemporáneos —incluyendo instalaciones hechas con materiales reciclados— que proponen un diálogo entre arte y ecología, tal como él quizá hubiese querido: belleza que invita a reflexionar sobre la conservación.
Para nosotros, aquella visita del 14 de febrero fue una combinación perfecta de historia, contemplación artística y encuentro con la fauna: mañanas de silencio interrumpidas por el aleteo de las aves, la serenidad de los canales donde pescan los pelícanos y los breves apariciones de los manatíes.
Volver no es solo una nostalgia: es una necesidad para seguir aprendiendo sobre los ecosistemas que aún resisten en Miami y apoyar los esfuerzos de conservación que mantienen vivos estos fragmentos de naturaleza.

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