En muchas esquinas de La Habana y de toda Cuba, el olor del humo ya se ha vuelto parte del paisaje urbano. Donde antes había montones de basura, hoy aparecen pequeños incendios. A veces los encienden vecinos desesperados por el hedor. Otras veces, las propias autoridades organizan quemas en puntos de acumulación temporal.
Pero la pregunta que deberíamos hacernos es simple: ¿quemar basura realmente resuelve el problema… o solo lo transforma en otro mucho más peligroso?
La quema de residuos a cielo abierto en Cuba ni es nuevo, ni elimina la basura. La convierte en contaminación. Lo que desaparece de la vista reaparece en forma de partículas microscópicas, gases tóxicos y compuestos químicos que entran directamente en nuestros pulmones, en la sangre y en los suelos urbanos. La combustión incompleta de mezclas domésticas —plásticos, restos orgánicos, textiles, cables o baterías— libera material particulado fino, monóxido de carbono, metales pesados y sustancias altamente tóxicas como hidrocarburos aromáticos policíclicos, dioxinas y furanos.
¿Quién respira ese humo?
Principalmente los mismos barrios donde ocurre la quema: familias, niños, ancianos, personas con asma o enfermedades respiratorias. El problema no es solo ambiental; es también sanitario. Durante años, investigaciones epidemiológicas realizadas en La Habana han encontrado que aumentos en contaminantes atmosféricos se asocian con incrementos en consultas por infecciones respiratorias infantiles.
Entonces surge otra pregunta inevitable: si la evidencia científica existe, por qué seguimos viendo humo en las calles?
La respuesta apunta menos a la química y más a la política. La acumulación de microvertederos no es un fenómeno natural. Es el resultado de fallas estructurales en la gestión de residuos: camiones fuera de servicio, falta de combustible, sistemas logísticos deteriorados y una planificación urbana que ha perdido capacidad de respuesta. Cuando el sistema de recogida falla, el residuo se acumula. Y cuando la basura se acumula, aparece la tentación de prenderle fuego.
Lo preocupante es que esta práctica, lejos de ser un acto espontáneo aislado, ha comenzado a institucionalizarse bajo la etiqueta de “incineración controlada”. Sin embargo, las directrices internacionales sobre contaminantes orgánicos persistentes son claras: la quema abierta de residuos es ambientalmente inaceptable, porque genera contaminantes altamente tóxicos y persistentes en el ambiente.
¿Cómo puede un Estado que ha firmado convenios ambientales internacionales permitir o promover prácticas que los contradicen?
La contradicción no es menor. Cuba ha participado en acuerdos globales sobre contaminantes peligrosos y protección ambiental. También posee normas nacionales que reconocen la importancia de la salud pública y la protección del entorno. Pero en la práctica cotidiana, la gestión de residuos muestra un deterioro profundo que termina trasladando los costos ambientales directamente a la población.
Quemar basura puede parecer una solución rápida para reducir el volumen visible de los vertederos. Sin embargo, lo que realmente ocurre es una transferencia del problema: del suelo al aire, y del espacio público al cuerpo humano.
El humo no desaparece. Se dispersa.
Y cuando lo hace, deja una huella más difícil de percibir pero mucho más peligrosa: partículas que penetran en los pulmones, toxinas que se depositan en el polvo doméstico y contaminantes que pueden persistir durante años en el ambiente.
La situación obliga a replantear una pregunta fundamental sobre la relación entre sociedad y naturaleza:
¿puede una ciudad aspirar a ser sostenible si su estrategia frente a los residuos es convertirlos en humo?
Las alternativas existen y son conocidas. La gestión moderna de residuos se basa en reducir, reutilizar, reciclar, compostar y mejorar los sistemas de recogida. Son políticas que requieren organización, transparencia y voluntad institucional. Pero sobre todo requieren entender que la basura no es solo un problema de higiene urbana: es un problema de salud pública y de justicia ambiental.
En un país donde los discursos oficiales suelen hablar de sostenibilidad y protección ambiental, la quema de residuos en barrios habaneros revela una realidad mucho más cruda: la incapacidad del sistema para gestionar uno de los desafíos más básicos de la vida urbana.
Si queremos comprender mejor qué contaminantes se liberan realmente cuando se quema basura, qué dicen los estudios científicos sobre sus efectos en la salud y qué evidencias existen en La Habana, he publicado un análisis detallado con datos y referencias en mi Substack.
Porque entender el problema es el primer paso para enfrentarlo. Y en este caso, lo que está en juego no es solo el paisaje urbano, sino el aire que respiramos.


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