Los anónimos de Zapata: naturaleza entre el abandono humano y las promesas de la Revolución

Acabo de leer, y quiero recomendarles Los anónimos de Zapata, un hermoso y doloroso reportaje escrito por Erick Hernández, publicado en El Estornudo, y con unas fotografías espectaculares de David López.

El texto nos lleva a conocer la vida de Eulogio y Enrique, dos hermanos que sobreviven en Los Hondones, una pequeña comunidad de la Ciénaga de Zapata. Entre la pesca, la leña, los animales y los recuerdos familiares, descubrimos con asombro y dolor una existencia marcada por el aislamiento, la pobreza y la resignación, pero también por la solidaridad y una relación íntima con la naturaleza.

Eulogio cocina mientras su perro duerme. Al fondo, Enrique / Foto: David López

Como biólogo y ambientalista, hay varios aspectos de esta historia que quisiera apuntar.

El reportaje describe la abundancia del pez gato, una especie invasiva introducida en las aguas de la Ciénaga, cuya proliferación ejerce una presión negativa sobre las especies autóctonas. La pesca, la extracción de madera para carbón y la captura ocasional de animales silvestres forman parte de las estrategias de supervivencia de los habitantes de aquel sitio. Aparece incluso la fabricación de redes para capturar tortugas, especies protegidas a nivel nacional e internacional. Son prácticas que plantean desafíos para la conservación, pero que no pueden comprenderse separadas de las paupérrimas condiciones económicas de quienes las realizan.

No podía faltar allí el turismo y sus efectos nefastos sobre determinados ecosistemas, así como el deterioro de los bosques y las sabanas en sectores como Soplillar. Y para nadie es sorpresa que buena parte de la explotación forestal, pesquera y turística está controlada por empresas estatales subordinadas a instancias provinciales o nacionales, con escasos o nulos beneficios para el desarrollo local.

Pero hay una historia ambiental mucho más profunda que el reportaje apenas aborda.

Durante décadas, la Ciénaga de Zapata fue objeto de radicales proyectos de transformación hidráulica que pretendían someter el humedal a las necesidades de la producción agrícola y otras actividades económicas. Fidel Castro impulsó severos planes de desecación, se construyeron canales de drenaje, embalses, obras de contención e infraestructuras viales que modificaron la circulación natural del agua.

Estas intervenciones no fueron ecológicamente inocuas. Alteraron los flujos hídricos, favorecieron procesos de intrusión salina y contribuyeron a la fragmentación y reducción de hábitats. La Ciénaga no es simplemente un territorio natural que debemos proteger de las pequeñas actividades de subsistencia: ha sido también un ecosistema profundamente condicionado por arbitrarias decisiones estatales de planificación y manejo de sus aguas.

Y hay también una contradicción histórica que me resultaba imposible ignorar mientras leía el artículo. El 24 de diciembre de 1959, Fidel Castro llegó en helicóptero a Soplillar para compartir la cena de Nochebuena con familias de carboneros. Lo acompañaban Celia Sánchez y el geógrafo Antonio Núñez Jiménez. Aquella noche hubo lechón asado, yuca, música campesina y conversaciones bajo los árboles. El fotógrafo Raúl Corrales inmortalizó la escena.

Fidel festeja la Nochebuena con los carboneros de la Ciénaga de Zapata.

La visita se convirtió en uno de los grandes símbolos propagandísticos de la naciente Revolución: el líder que abandonaba las comodidades de la capital para compartir la mesa con los más humildes, con aquellos carboneros que durante generaciones habían vivido en la pobreza y el aislamiento.

Pero es que ese mismo día, antes de llegar a la cena, Castro había estado revisando en la Laguna del Tesoro proyectos turísticos y planes de desecación y canalización parcial de la Ciénaga. La escena de inocua solidaridad con los carboneros coincidía, por tanto, con una visión utilitarista e interesada, que contemplaba transformar radicalmente el humedal del que dependían.

Más de seis décadas después, el reportaje de Erick nos presenta una realidad muy distinta de aquellas promesas de prosperidad, y peor al ser comparada con el punto de partida.

Enrique aseando su cara como hace todos los días / Foto: David López

Eulogio y Enrique viven bajo una lona, en camas improvisadas, rodeados de mosquitos y dependiendo de algún pescado que logren capturar. Enrique tiene una pensión de jubilación cuyo valor no alcanza los cinco dólares mensuales. La comunidad pierde población, los jóvenes se marchan y las oportunidades económicas siguen siendo extraordinariamente limitadas.

Es cierto que la Revolución llevó carreteras, escuelas y servicios a comunidades históricamente marginadas.

Pero reconocer esas transformaciones, casi todas insostenibles y de muy baja calidad, no impide preguntarnos por qué, después de tantos años, quienes dedicaron su vida al trabajo forestal y a la pesca continúan enfrentando condiciones tan ofensivamente precarias.

La pregunta no es solamente qué ha hecho el Estado cubano con la Ciénaga de Zapata, sino también qué ha hecho con sus habitantes.

Porque la justicia ambiental no consiste únicamente en conservar especies, proteger bosques o declarar reservas de la biosfera.

También implica respetar los procesos ecológicos, evitar la explotación destructiva de los recursos naturales y garantizar que las comunidades locales participen en las decisiones y reciban beneficios reales del territorio que habitan y gestionan.

Porque que una naturaleza extraordinariamente rica puede coexistir con una población dolorosamente empobrecida.

Detrás de las fotografías históricas, los discursos y las promesas revolucionarias permanecen seres humanos que envejecen, trabajan y mueren sin haber conocido nunca la prosperidad que alguna vez les anunciaron.

Les invito a leer este excelente trabajo de periodismo narrativo.

📖 Los anónimos de Zapata, de Erick Hernández, en El Estornudo:

Todas las foto pertenecen a El Estornudo y el fotógrafo David López

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