Durante una visita a The Kampong, uno de los jardines botánicos más extraordinarios de Miami, Jimmy y yo nos encontramos con una enorme Cycas revoluta. Su tronco robusto y su corona de hojas rígidas llamaban la atención desde lejos.
Como biólogo, fue un encuentro especialmente emotivo: las plumerias fueron las primeras plantas que aprendí a identificar durante mis estudios, pero las cícadas siempre me recordaron que la historia de las plantas es mucho más antigua de lo que solemos imaginar.
👈Aquí puedes ver el video de este impresionante ejemplar:
A primera vista, muchas personas creen que la Cycas revoluta es una palmera. No lo es. Aunque ambas presentan un tronco desnudo coronado por hojas largas, pertenecen a grupos evolutivos completamente distintos.
Las palmeras son plantas con flores (angiospermas), mientras que las cícadas pertenecen a un linaje muchísimo más antiguo: las gimnospermas.
Las cícadas aparecieron hace aproximadamente 280 millones de años, mucho antes de que existieran las flores y antes incluso de que los dinosaurios dominaran la Tierra.
Cuando los primeros dinosaurios comenzaron a caminar por el planeta, estos vegetales ya formaban parte del paisaje. Por eso se las considera auténticos fósiles vivientes.
Ni flores ni frutos
La reproducción de las cícadas también revela su antigüedad evolutiva. No producen flores ni frutos. En su lugar desarrollan estróbilos, más conocidos como conos.
Las plantas son dioicas, es decir, existen individuos masculinos e individuos femeninos.
Las plantas macho producen un gran cono cilíndrico repleto de estructuras que generan polen. Las hembras son diferentes: en el caso de Cycas revoluta ni siquiera forman un cono compacto, sino una corona de hojas modificadas llamadas megasporófilos, sobre las que quedan expuestos los óvulos.
Es una estrategia reproductiva mucho más primitiva que la de las plantas con flores.
Una antigua alianza con los insectos
Cuando el cono masculino madura, libera enormes cantidades de polen.
Durante mucho tiempo se creyó que el viento era el principal responsable de transportarlo. Sin embargo, hoy sabemos que muchas cícadas dependen sobre todo de pequeños escarabajos y diminutos trips especializados que visitan los conos para alimentarse y, sin proponérselo, llevan el polen hasta las plantas femeninas.
Se trata de una relación ecológica que probablemente lleva decenas de millones de años evolucionando.
El detalle más sorprendente
Lo más fascinante ocurre después.
En casi todas las plantas con semillas actuales, las células sexuales masculinas llegan al óvulo a través de un tubo polínico y ya no necesitan desplazarse por sí mismas.
Las cícadas conservan un mecanismo mucho más antiguo.
Sus espermatozoides son móviles. Son células enormes, cubiertas por miles de diminutos flagelos que les permiten nadar dentro del óvulo hasta alcanzar la célula femenina y producir la fecundación.
Es una característica extremadamente rara entre las plantas con semillas y representa un verdadero vestigio de la evolución vegetal.
En cierto modo, las cícadas conservan una estrategia reproductiva que recuerda a la de los primeros vegetales terrestres.
Semillas desnudas
Tras la fecundación, los óvulos se transforman en semillas grandes, generalmente de color naranja o rojo intenso cuando maduran.
A diferencia de las plantas con flores, estas semillas no quedan encerradas dentro de un fruto. Permanecen expuestas, razón por la cual las cícadas pertenecen al grupo de las gimnospermas, palabra que significa literalmente «semillas desnudas».

Un viaje al pasado
Contemplar una Cycas revoluta es mucho más que observar una planta ornamental.
Es encontrarse frente a un organismo cuya historia comenzó cientos de millones de años antes de nuestra especie. Mientras la mayoría de las plantas que vemos en jardines y bosques evolucionaron relativamente hace poco, las cícadas son supervivientes de un mundo desaparecido.
Quizá por eso producen una sensación tan particular: al mirarlas, uno tiene la impresión de estar observando un fragmento vivo de la prehistoria, un testigo silencioso de una Tierra en la que todavía no existían las flores, los mamíferos dominantes ni los seres humanos.

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