Para Ángel Vale González
Hay investigaciones que uno termina y archiva, y otras que permanecen ligadas para siempre a determinados lugares, personas y momentos de la vida. Para mí, Encyclia phoenicea pertenece a estas últimas.
A finales de la década de 1990, cuando estudiaba Biología en la Universidad de La Habana, dediqué mi tesis de diploma a investigar aspectos de la biología reproductiva de esta hermosa orquídea.
Buena parte del trabajo de campo lo realicé junto a mi gran amigo y colega Ángel Vale, viajando hasta Bacunayagua para observar una población natural que crecía en las cercanías del famoso puente, en la costa norte de Cuba, entre las provincias de La Habana y Matanzas.

Nuestra investigación comenzó cuando todavía éramos estudiantes. En realidad, fue todo idea de Angelito, gracias a esa mezcla extraña de saber enciclopédico y sensibilidad de poeta. Yo ya estudiaba Biología, y él comenzaría pronto la carrera también.
En noviembre de 1997, cursando yo apenas el tercer año, presentamos resultados parciales en el IV International Orchid Workshop, celebrado en Soroa.
Fue un encuentro particularmente memorable para mí: allí coincidí con grandes investigadores de las orquídeas a quienes admiraba, entre ellos figuras como Carl Luer, Robert Dressler y James Ackerman. Aquella fue, además, la primera de muchas visitas al Orquideario de Soroa.
La investigación continuó durante los años siguientes, usando una vieja computadora 486 con Windows 95 y disquetes de 3.5 pulgadas; hasta convertirse finalmente en mi tesis de diploma en la Universidad de La Habana, siempre de la mano de Angelito, repito.
Después de graduarme, ya trabajando en el Instituto de Investigaciones de Sanidad Vegetal, una parte de aquellos resultados se convirtió en un artículo científico que publicamos en 2001 en la revista Fitosanidad.

Por el perfil de la institución y de la revista, aquella publicación puso el énfasis en la abeja polinizadora. Pero nuestra investigación original había comenzado realmente con una pregunta sobre la orquídea.
Y la historia que encontramos resultó extraordinaria.
La orquídea de chocolate

Encyclia phoenicea (Lindl.) Neumann es una de las orquídeas más características del paisaje cubano. Es principalmente epífita, aunque ocasionalmente puede crecer sobre rocas, y posee pseudobulbos de los que nacen entre una y tres hojas lanceoladas y coriáceas.
Sus inflorescencias terminales pueden alcanzar alrededor de 80 centímetros de longitud y portar hasta 25 flores.
Es además una especie extraordinariamente variable. El tamaño, la forma, el color e incluso el olor de sus flores pueden cambiar notablemente entre poblaciones y condiciones ambientales.
La insolación parece influir sobre la intensidad de la coloración, mientras que la humedad está relacionada con el tamaño de flores e inflorescencias: en ambientes húmedos pueden alcanzar dimensiones considerablemente mayores que en matorrales secos.
Pero probablemente su característica más memorable sea su perfume.
Durante las primeras horas de la mañana, las flores pueden desprender una fragancia intensa, perceptible incluso a varios metros de distancia. Para muchas personas recuerda al chocolate; para otras, a la vainilla. De ahí algunos de sus nombres populares, entre ellos orquídea de chocolate y orquídea de vainilla.
También presenta una fenología de floración muy interesante. En condiciones naturales, las poblaciones de las zonas bajas de Cuba florecen principalmente entre abril y septiembre, mientras que en las regiones montañosas del macizo Nipe-Sagua-Baracoa la floración se desplaza aproximadamente de agosto a diciembre.
En cultivo, como se ha observado en el propio Orquideario de Soroa, puede producir floraciones esporádicas en otros momentos del año.
Pero detrás de esas flores vistosas y perfumadas existe una paradoja: para el insecto que llega atraído hasta ellas, no hay comida.
Una flor que promete y no entrega

Muchas plantas recompensan a sus polinizadores con néctar, polen, aceites u otros recursos. Encyclia phoenicea, en cambio, no produce néctar ni ofrece una recompensa floral evidente.
La planta atrae visitantes, pero estos parecen descubrir rápidamente que han llegado a un restaurante sin menú.
Este tipo de estrategia reproductiva se conoce como polinización por engaño. Desde la perspectiva de la planta tiene una ventaja evidente: puede conseguir que un animal transporte sus polinios sin invertir recursos en alimentarlo.
Pero existe también un riesgo. Una vez que el visitante descubre el engaño, puede abandonar la flor y evitar otras semejantes. Precisamente eso parecía estar ocurriendo en Bacunayagua.
Como dije al inicio, durante 1997 y 1998 visitamos quincenalmente aquella población de E. phoenicea. En el primer año marcamos y seguimos 98 plantas; al siguiente, la muestra alcanzó 164. En total registramos 520 flores en 1997 y 1 514 en 1998.
A las flores llegaban numerosos animales. Registramos doce tipos de visitantes, entre ellos abejas, mariposas, dípteros e incluso el zunzún Chlorostilbon ricordii. La abeja doméstica, Apis mellifera, fue de hecho uno de los visitantes más frecuentes.
Pero visitar una flor no significa polinizarla. Entre todos aquellos animales apareció uno que hacía algo diferente.
La visitante que sí sabía qué hacer

Se trataba de la gran abeja carpintera endémica de Cuba: Xylocopa cubaecola Lucas. Nuestra investigación permitió identificar por primera vez para la ciencia al polinizador de Encyclia phoenicea.
La hembra de Xylocopa cubaecola resultó ser el polinizador efectivo de la orquídea. En nuestras observaciones, las visitas en las que la abeja removió los polinios condujeron a polinizaciones efectivas.
El mecanismo era extraordinariamente preciso. Al posarse sobre la flor, la abeja caminaba sobre el labelo siguiendo sus líneas y penetraba hacia la columna.
Debido a su tamaño y peso, cabeza y tórax quedaban en contacto con las estructuras reproductivas de la flor. Cuando descubría que allí no había recompensa y comenzaba a retirarse caminando hacia atrás, el viscidio se adhería a su cabeza y la abeja arrancaba consigo el polinario.
Pero todavía faltaba una transformación. Recién extraídos, los polinios no se encontraban inmediatamente en la posición ideal para contactar el estigma de otra flor. Durante unos segundos, mientras la abeja volaba, la caudícula del polinario se deshidrataba y cambiaba de posición.
Solo entonces los polinios quedaban orientados adecuadamente para ser depositados en el estigma durante una visita posterior.
Ese pequeño intervalo funcionaba además como un mecanismo que podía reducir la autopolinización entre flores de una misma inflorescencia.
La conducta de la abeja contribuía todavía más. Después de descubrir la ausencia de recompensa, Xylocopa cubaecola tendía a abandonar esa inflorescencia y desplazarse hacia otras, siguiendo un vuelo aparentemente errático e inspeccionando varias flores.
Desde el punto de vista de la orquídea, aquel comportamiento era muy conveniente: aumentaba las posibilidades de transportar los polinios entre plantas diferentes.
En otras palabras, el fracaso de la abeja al encontrar alimento podía convertirse en el éxito reproductivo de la orquídea.
Una polinizadora extraordinariamente eficiente… que casi nunca llega
Aquí apareció uno de los resultados más sorprendentes de nuestra investigación. La eficiencia de Xylocopa cubaecola como polinizadora era altísima. El problema no era que la abeja hiciera mal su trabajo. El problema era que visitaba muy poco las flores.
En 1997, de las 520 flores registradas, 107 mostraron evidencias de visita, pero solamente 20 fueron polinizadas. Finalmente se formaron ocho frutos y apenas tres llegaron a madurar: el 0,6 % de las flores producidas.
En 1998 el resultado fue todavía más extremo. De 1 514 flores, 216 habían sido visitadas, pero solo 11 fueron polinizadas. Se formaron ocho frutos y únicamente dos alcanzaron la madurez: el 0,1 %.
Una población podía producir centenares —incluso más de un millar— de flores y terminar la temporada con una fracción minúscula convertida en frutos maduros.

¿Era la orquídea fisiológicamente incapaz de producir más?
En 1998 realizamos polinizaciones manuales en plantas que todavía no habían sido polinizadas naturalmente. Retirábamos los polinios de una flor y los depositábamos sobre el estigma de otra.
El resultado cambió completamente el panorama. Mientras la producción natural de frutos maduros había sido apenas del 0,1 % ese año, las plantas sometidas a polinización manual alcanzaron una producción final de frutos de 74,4 %. La diferencia era enorme.
La baja reproducción natural de Encyclia phoenicea no parecía deberse principalmente a una incapacidad de la planta para formar frutos. El gran cuello de botella estaba antes: la llegada del polinizador y la transferencia del polen.
Las semillas reforzaron esta interpretación. La viabilidad fue de aproximadamente 92 % en las plantas control y 93 % en las plantas polinizadas experimentalmente, sin diferencias significativas entre ambos grupos. Es decir, cuando la polinización ocurría, la planta podía producir semillas viables con normalidad.
Sí encontramos un costo. Los frutos de las plantas sometidas a una intensa polinización experimental fueron significativamente más pequeños. Probablemente producir muchos frutos simultáneamente obligaba a la planta a repartir recursos limitados entre ellos.
La reproducción de una orquídea, como casi todo en la naturaleza, tampoco es gratis.
Una relación construida sobre el engaño

Quizá lo que más me sigue fascinando de aquellos resultados es la aparente contradicción del sistema.
Encyclia phoenicea posee flores grandes, vistosas y extraordinariamente aromáticas. Todo parece anunciar una recompensa. Sin embargo, el visitante que responde a esas señales encuentra una flor vacía.
La estrategia funciona precisamente porque algunos individuos siguen cayendo en el engaño.
Y cuando quien llega es una hembra de Xylocopa cubaecola, su anatomía y su comportamiento encajan de manera extraordinaria con la arquitectura floral de la orquídea.
Su gran tamaño permite contactar las estructuras reproductivas; la forma en que entra y retrocede favorece la extracción del polinario; el cambio de posición de los polinios durante el vuelo prepara la siguiente polinización; y su tendencia a abandonar rápidamente las flores sin recompensa favorece el movimiento entre inflorescencias.
Es un sistema de enorme eficiencia cuando ocurre, pero extraordinariamente incierto porque ocurre pocas veces.

Más de veinticinco años después, cuando pienso en aquella investigación, no recuerdo primero los porcentajes ni las tablas.
Recuerdo buscar las plantas en la inclinada pendiente, marcar flores y regresar una y otra vez para descubrir qué había ocurrido.
Recuerdo las horas esperando frente a una inflorescencia copada de flores, al borde de un barranco, hasta que apareciera un visitante.
Recuerdo también aquel primer viaje al Orquideario de Soroa en 1997, siendo apenas un estudiante de tercer año, rodeado de algunos de los investigadores de orquídeas que admiraba y sin imaginar que aquella sería solo la primera de muchas visitas a ese lugar.
Pero especialmente el hecho de haber compartido aquella investigación, aquellos viajes a Bacunayagua con Ángel, mi amigo de toda la vida, colega y maestro, con quien aprendí que observar una flor durante suficiente tiempo puede revelar una historia mucho más compleja de lo que parece.
Porque una flor nunca está realmente sola. Alrededor de ella existen decisiones, engaños, encuentros improbables y relaciones construidas durante generaciones.
Debajo del puente de Bacunayagua, una orquídea que huele a chocolate dependía de que, de vez en cuando, una gran abeja carpintera creyera una promesa que la flor nunca pensaba cumplir.
Referencia:
Díaz, I. & Vale, A. (2001). Actividad polinizadora y aspectos conductuales de la abeja Xylocopa cubaecola Lucas (Hymenoptera: Apoidea) en condiciones naturales. Fitosanidad, 5(4), 25–30.

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